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viernes, 6 de enero de 2023

LA CARRERA

 



Salió a correr como cada mañana temprano. Y, en mitad de la ruta, se la encontró. Hacía años que no la veía, pero la reconoció al instante. Y es que, ¿cómo olvidarse de ella si le había roto el corazón?


Estaban a punto de cruzarse y él no sabía qué hacer, qué decir. Nunca se está preparado para un momento como ese. Entonces, cuando solo se encontraba a un palmo de ella, lo hizo. Le salió instintivo, fue un impulso, no pensó en ello, simplemente lo hizo: la besó.


Cuando despegó los labios de los suyos y vio su cara de asombro, de nuevo otro impulso: “Píllame si puedes”, le dijo, y empezó a correr de nuevo. Ella se quedó paralizada. Solo un instante… después, salió corriendo tras él. Él sonrió, le gustó que ella hiciera eso, pero enseguida tuvo que acelerar la marcha, porque ella era rápida, muy rápida, y además parecía bastante enojada. Ella también aceleró al ver que él lo hacía y, de repente, ambos se encontraban protagonizando una persecución en medio de la ciudad.


Él notó cómo su dopamina se disparaba y se le alegraba el corazón (y hacía tiempo que eso no le sucedía). Estaba haciendo algo con ella, después de tanto tiempo, volvían a jugar, volvían a hacer algo juntos.


En medio de su felicidad, de nuevo tuvo que acelerar la marcha porque ella estaba a punto de alcanzarle. Él corrió lo más rápido que podía y ella, al ver que se le escapaba, al fin se detuvo, agotada, dándose por vencida. Él siguió alejándose al tiempo que volvía la mirada y veía que ella recuperaba la respiración y le miraba fijamente. No supo descifrar en su rostro si seguía enfadada o si se sentía, como él, divertida por la situación.


Él sí estaba contento, muy contento. A pesar de las dudas. ¿Qué habría hecho si le llega a alcanzar? ¿Le habría abofeteado? ¿Le habría devuelto el beso? (Ojalá) ¿O simplemente le habría dicho “¿A ti qué coño te pasa?”? Era posible que le llamara o le escribiera para decirle eso último, y entonces él aprovecharía esa circunstancia para hablar con ella, recordar viejos tiempos y, quién sabe si retomar el contacto. Pero también era muy probable que no pasara nada de eso, que ella solo se olvidara de aquello y no le llamara ni le escribiera y, quizá, no se volvieran a ver nunca más.


Entonces, él se preguntó, ¿por qué no se había dejado coger?


Estuvo tratando de dar respuesta a esa pregunta todo el día. Al final, por la noche, llegó a la conclusión de que ninguno de sus actos había sido premeditado o razonado, sino que se había dejado llevar por sus impulsos, por el corazón. El beso, la carrera, seguir jugando hasta ganar. No había medido los resultados ni las consecuencias. Solo había vuelto a verla y había vuelto a jugar con ella. Era lo único que pretendió. Y era suficiente.


Y lo que viniera después, ya daba igual. Él se fue a la cama en paz consigo mismo, contento. Y se durmió. Se durmió acompañado del ferviente deseo de levantarse a la mañana siguiente y volver a salir a la carrera. 


domingo, 25 de septiembre de 2022

LA PÉRDIDA DEL HUMOR



Un día, así, de repente, se dio cuenta de que había perdido el sentido del humor.


Ya no se reía, al menos no como antes. Ahora, cada risa era corta y forzada. Y tampoco se le ocurría ningún comentario jocoso, ¡a él!, que era conocido por convertir cualquier anécdota en un chiste. Lo único que le salía decir eran banalidades sin más.


Para recuperar su sentido del humor se hizo decenas de maratones de series stand up comedy, fue a ver a cada monologuista que visitaba la ciudad, acudió a talleres de risoterapia, se compró una Enciclopedia del humor con miles de chistes e incluso fumó marihuana. No se perdía una fiesta con los amigos y participaba en las conversaciones, poniendo de su parte para hacer alguna gracia. Pero no le salía. Ni se reía ni hacía reír, y le angustiaba no saber el porqué ni el cómo conseguiría volver a su viejo yo, al que, con el paso del tiempo, ya casi estaba olvidando.


Una tarde, paseando por las calles como un zombi, perdido entre la gente y sus propios pensamientos, se sentó en un banco, solo, abatido y desesperado por su situación. Una primera lágrima brotó de sus ojos y le resbaló por la mejilla. Roto por dentro, a esa primera lágrima la siguieron muchas más. Y muchas más. Lloró con desenfreno, sin control, lloró como solo puede llorar alguien convencido de que había perdido lo más preciado que tenía.


Y después de horas llorando, cuando se agotaron las lágrimas y se vació el dolor, un escalofrío de alivio le sacudió el cuerpo.


Entonces, lo supo.


Había vuelto.

sábado, 24 de septiembre de 2022

EL BLOQUEO



Él dejó de escribir porque se sentía bloqueado.


Ella cayó en una depresión por no poder leer más libros suyos.


Un día, ella le escribió una carta y le contó lo que le pasaba. Él leyó la carta y quedó conmovido. Decidió contestarla y quedaron en una café para conocerse. Se hicieron amigos desde entonces. Él supero su bloqueo y ella su depresión.


Pero él se sumió tanto en la escritura que dejó de verla y ella volvió a sentir cómo la tristeza profunda le agarraba el alma. Compró sus libros nuevos, los leyó, paseándolos por cada rincón de la ciudad, junto a su soledad.


Un día, ella se armó de valor y le escribió una segunda carta para decirle que le echaba de menos. Y empezó a acudir, cada tarde, al café donde se conocieron, donde releía sus libros. No eran pocas las veces que su mirada, fugazmente, se despegaba de las páginas y se dirigía a la puerta. Él nunca estaba allí. Ella volvía entonces la vista hacia las páginas y seguía leyendo con ojos vidriosos.


Pasó el tiempo, se publicaron varios libros más, todos de éxito. Sin embargo, él no terminaba de sentirse feliz, notaba un vacío, le faltaba algo. O alguien. Un día, se acordó de su vieja amiga y decidió ir al café donde solían verse. Cuando llegó, aunque ella le había dicho que pasaría las tardes allí, su silla estaba vacía. Una sensación le oprimió el pecho, recordó la depresión de su amiga y se puso en lo peor. Iba a salir de aquel sitio corriendo y dirigirse a la estación de policía más cercana cuando ella apareció por la puerta, con uno de sus libros. Durante un rato, sus miradas se encontraron sin que sus palabras supieran hacerlo. Luego, él por fin se atrevió a pedirle perdón. Ella suspiró profundo e hizo un gesto de atizarle con su propio libro, pero finalmente se frenó y acabó asintiendo, con un gesto que le perdonaba. Se quedaron en el café hablando durante horas.


Después de ese día, él siguió escribiendo, ella siguió leyéndole, y ya nunca más volvieron a dejar de verse. Su amistad se hizo eterna como aquello que los había unido. La literatura.

martes, 19 de noviembre de 2013

Viajes en el tiempo



 Finalista del Primer certamen de microrelats de la Marató de Fantàstic i de Terror de Sants. 

Un científico inventó una máquina del tiempo. Viajó con ella al futuro y comprobó profundamente desalentado que aquellos a los que no habían destruido las guerras, habían muerto debido a los efectos del cambio climático, y los pocos supervivientes que quedaban sobre la faz de la tierra, vivían sumidos en la miseria y la pobreza por culpa de la escasez de recursos y alimentos.
Pero el científico se propuso arreglar aquella visión tan desoladora. Para ello viajó al pasado y allí se encontró con su joven padre, al que logró convencer para que motivara a su hijo a estudiar letras en lugar de ciencias.

jueves, 3 de octubre de 2013

Faadumi

Relato corto que escribí para un certamen cuyo tema se dirigía al voluntariado.


El primer pensamiento que tuve cuando llegué fue: “quiero marcharme”. Me sentí como si estuviera en el mismísimo infierno.

Durante algunas semanas más esa sensación me acompañó permanentemente.

Sin embargo, nunca dije que quería volver. Vine hasta aquí porque me sentía perdido allá de donde soy: sin trabajo, sin expectativas… Sin futuro. Cuando llegué comprobé lo que significa no tener futuro. El hambre, la muerte y la pena fueron mis principales anfitriones y las pesadillas mis infatigables compañeras de cama. Cuando no podía resistir más, me escondía para llorar sin que nadie me viera. Pero nunca propuse marcharme. A pesar de que lo deseaba en secreto, a pesar de que no me sentía útil aquí, que no creía que la experiencia fuera a servir de nada. Si me quedé fue porque no quería sentirme nuevamente un fracasado. No quería ver a mi padre otra vez poniendo esa cara de “si ya te lo dije”.

Así que me quedé; amargado y fatigado por la falta de sueño, pero me quedé.

Y un día, de repente, Faadumi sonrió. Estaba ayudando a Dominique y a Andiara en la construcción de la nueva escuela cuando una tabla de madera se me cayó justo encima del dedo gordo. Me cogí el pie y empecé a pegar botes como un mono; luego encima resbalé y caí de culo. Faadumi me vio y permaneció observándome con sus grandes ojos negros y brillantes. A los pocos segundos sonrió; era la primera vez que lo hacía. A su sonrisa le siguió una risa desbocada que acabó contagiando a los demás niños del campamento. Dominique y Andiara me levantaron entre carcajadas y continuamos con el trabajo. Pero yo ya no pude en lo que quedó de día quitarme la sonrisa de Faadumi de la cabeza.

Si una niña de siete años que había visto a toda su familia morir a manos del grupo rebelde Al Shabaab era capaz de sonreír, aquel lugar no podía ser tan malo. Al fin y al cabo, los sitios los acaban haciendo las personas. Al fin y al cabo, a veces es necesario cruzar las entrañas del infierno para hallar el paraíso.

        Y éste es el mío, y se llama Somalia.

domingo, 5 de mayo de 2013

¡Te quiero mamá!


En este día, para mi madre, para todas las madres.

Cuando era pequeño me pasaba las tardes jugando en la calle con los amigos, y no eran raras las ocasiones en las que volvía con alguna “herida de guerra” que mi madre se instaba a curar pronto con mercromina. ¡Vaya si picaba la condenada! Recuerdo con cariño cómo mi madre me soplaba para aliviarme el dolor. Y es que el amor se puede demostrar de muchas maneras: con un beso, con un abrazo, con una lágrima… ¡Y por supuesto, también soplando mercromina! Incluso con un post: ¡te quiero mamá!

miércoles, 16 de enero de 2013

El relato

Del bloqueo creativo al estado de flujo.




A ver qué escribo yo ahora…



Vamos, hay una musa por ahí esperándote con los brazos abiertos, sólo tienes que acércate a ella y darle un beso.


¿Musa?


¡Maldita sea!

Haz un esfuerzo, concéntrate, el dinero que dan con el premio del concurso literario te vendría muy bien. ¿Acaso lo que ganas con las clases de refuerzo te da para salir adelante? Apenas para pagar el alquiler de esta ratonera y llenar media balda de la nevera. No es que no puedas permitirte pequeños lujos, es que ya ni siquiera alcanzas para grandes necesidades. Ahora mismo, por ejemplo, te ves obligado a forzar la vista para leerte a ti mismo porque hace tiempo que la graduación de tus lentes se te quedó desfasada y ni siquiera puedes comprarte unas nuevas gafas. Por no hablar del estado de tu estómago; claro, ¿cómo vas a concentrarte si no para, con estruendosos rugidos, de requerir tu atención?

Basta.

No empezaste a escribir para recordar tus penas, sino para alejarte de ellas. Tu estómago no está hambriento, sólo impaciente; ya se calmará cuando llegue la hora de la cena. Y tu vista cansada por el largo tiempo que aquí llevas, leyendo frases aún no escritas. No escritas sobre ella. Ella.

Pérfida.

La malvada hoja en blanco. Fría y vacía, sólo tus píxeles te acompañan; pero cuando con mis palabras te relleno, te vuelves cercana y amiga, y entonces te amo. Cuánto te quiero y cuánto miedo te tengo, maldita y bella hoja electrónica.

Igual que a ella.

También la amé, y la amo, y también la temí. La temí tanto, que finalmente fue por mi miedo, miedo a perderla, que la perdí. Y ahora aquí estoy, solo, con deudas y con hambre de amor.

Basta de una vez, basta.

No te tortures sin freno, no invoques a los espíritus de nuevo. Eso es ella, un fantasma y nada más. No existe, no es de verdad. Ahora sólo existís la Hoja y tú. Ella te desea. Hazle el amor. Sólo tienes que seducirla con las palabras adecuadas.


Hola Hoja, ¿cómo estás?, me he fijado en que te encontrabas sola y me he acercado a hacerte un poco de compañía.

Bueno, está bien, un poco de humor nunca viene mal. Pero ahora ponte serio, ¿no ves que lo que te pasa es que estás errando en el procedimiento? Nunca encontrarás las palabras acertadas si antes no has acertado en la idea que pretendes expresar. ¿Cuál es el tema, qué es lo que quieres contar? Tiene que ser algo original e innovador pero con un mensaje coherente, atractivo y que no esté exento de rigor, profundo pero a la vez no demasiado enrevesado. Mmm, a ver, hay tantas cosas de las que hablar, tantos temas que tocar. Actuales: la pérdida de valores, la crisis, la revolución de las capas más bajas; escabrosos: el tráfico de drogas, los asesinatos en serie, la prostitución de las mafias; políticos: la corrupción, las guerras, el capitalismo desmesurado (vaya, cuando se habla de política todo lo que se piensa es malo); universales: el amor, la amistad, los mcdonalds…

O en lugar de algo, el tema podría ser alguien. Podrías hablar de tu casero, ese hombre roñoso y desconfiado, con su bigote de cepillo de escoba y sus ojos de búho en permanente vigilia y vigilancia de los muchos arrendatarios (o “potenciales morosos”, nos considerará él), que habitan en el edificio donde vivo; siempre puntual a primero de mes, siempre desaparecido cuando se le precisa para reparar una avería. Podría ser el villano. ¿Y el héroe? Difícil elección, quedan tan pocos ya. Podría ser Jorge, mi alumno de Literatura. Sólo tiene diecisiete años y está aún en su último curso de Bachillerato, pero es muy listo y despierto, y su mente noble y honrada, a la que además acompaña un espíritu humilde al tiempo que emprendedor. Se le ve siempre ansioso de conocimiento. Además, en su mirada detecto respeto y admiración. Y dado que el aspecto con el que acudo a su casa a enseñarle no es quizás el más apropiado, ya que mi repertorio de armario es posible que necesite, desde hace un par de años, de una mínima renovación, a él eso no parece importarle, lo que es de valorar teniendo en cuenta lo mucho que los jóvenes estiman las apariencias. Me cae bien. Jorge, tiene que ser pues, un gran héroe. ¿Y la dama? La dama…

Ay, ella, otra vez ella, siempre ella. El tema podría ser sus labios, sus pechos, su cintura, sus ojos, su sexo… Podría escribir miles de líneas sobre cada pequeña parte de su cuerpo. O podría hacerlo sobre la tortura que para mí representa su recuerdo. ¿Cómo dejar de sufrir, cómo escapar de un fantasma, si el fantasma se esconde dentro de tu mismo pecho?

Escribiendo.

Escribe, escribe sin pensar en nada más, y cada palabra que escribas será una baldosa, un puente, una carretera, que te aleje más de ella. La escritura siempre ha sido tu mejor válvula de escape, la droga más pura, el whisky más fuerte, el sueño más nítido de tu subconsciente. ¿Recuerdas cuando empezaste a escribir, apenas siendo un niño? Padre llegaba borracho, Madre discutía con él, Padre no le pegaba, nunca le puso una mano encima, pero aún así, Madre lloraba, y tú inventabas cuentos en las hojas en blanco del cuaderno que ella te había regalado, para no contagiarte de su llanto. A partir de ahí, tú seguiste escribiendo, y ella llorando. Y nunca tanto como en el funeral del pobre diablo. El alcohol acabó machacando su hígado demasiado pronto, y él, que había sido toda su vida un hombre ruin y mezquino, consiguió arrebatarle sus lágrimas incluso desde la tumba. Fue entonces cuando te diste cuenta de que ella, en realidad, aventurando desde el primer momento cuál sería su destino, siempre había llorado por él.

Por eso la dejaste, ¿no es verdad? Creías que acabarías siendo también ruin y mezquino como tu padre e indigno para ella. ¡Ella! ¡Ah, aléjate fantasma!

Reconozcámoslo, tú nunca te caíste demasiado bien. No sólo escribías para huir de las situaciones, de las peleas, de los problemas, del hambre, del desamor o del ayer. También escribes para huir de ti. Cuando creas una historia, no necesitas un héroe; lo siento Jorge, no te necesito, puede que cuando te doy clases tu fiel atención y tu sana curiosidad me estimulen y plazcan mi autoestima; en la vida real, eres mi héroe, pero cuando escribo, yo soy el héroe, porque puedo jugar a convertirme en aquello que nunca me atreví a ser. Vaya… Así que mi cobardía sufragada a costa de mi imaginación. Visto de lo que me ha valido la una y lo que me ha costado la otra, caro me ha salido tener tanta.

Quizás el problema por el que no consigues escribir, es que has dejado de creerte tu propio cuento. Antes te relamías en el gozo, enfundándote bajo la piel de un romántico conquistador capaz de embelesar con hipnotizantes palabras y sofisticado estilo a la más bella de las bellezas femeninas; antes te regocijabas de placer al transformarte en un valiente y temerario personaje sometido a mil y una aventuras que le deparaba un destino al que, lejos de querer escapar, se enfrentaba con admirable orgullo; antes te recreabas en el éxtasis, convertido en la sombra de un poderoso hombre de negocios, respetado por todos cuando no temido, y capaz de ser despiadado con sus rivales al tiempo que amable con los que no lo eran y también caritativo; antes saboreabas el dulce paladar que se siente al poseer el alma de un rebelde que con obstinado coraje y honrada determinación, se enfrenta a aquellos que detentan la autoridad y han secuestrado aprovechándose de su posición, a la justicia. Ahora, todos ellos y sus muchos amigos, disfrazados con máscaras trágicas, te lanzan burlas y se ríen del hombre mediocre en el que te has enfundado/transformado/convertido y que te ha poseído. Y te dicen: «Creador, tu creación te ha superado, de tal forma, que somos más reales que tú, y tú, sólo una farsa».

Bufones son mis héroes. Y yo ahora, el chiste.

¡Basta! ¡Basta de una vez! Escribiré por fin, aunque sea sin ellos, aunque sea contra ellos. Yo seré esta vez el protagonista del relato. Mi yo verdadero, sin máscaras, sin pieles que mudan de una narración a otra. Sin héroe y sin villano, pues yo soy ambos y los dos viven en mí. Y sin dama. ¡No! Yo solo, sólo yo, desnudo ante la Hoja, igual que ella se muestra al principio desnuda ante mí, y la iré vistiendo con mis deseos y mis realidades, mis verdades y mis mentiras, mis virtudes y mis defectos, mis sueños y mis pesadillas, y al tiempo que ella se viste, más desnuda quedará mi alma.

¡Empieza pues! No busques más el conflicto, pues lo tienes delante de ti: es la misma Hoja, ahí quieta, esperando que la poseas. Llénala. Con tus inquietudes y tu angustia derivada del bloqueo en el proceso creativo, el bloqueo en el proceso creativo derivado de tus inquietudes y angustias personales. ¡Pero al final venceré y saldré adelante! Con ingenio, con imaginación, con afán de superación, y mis ganas de escribir me aportarán ganas de vivir, de nuevo. ¡Oh, ya ha empezado, ya lo noto! Cómo me gusta esta sensación; es como hacer el amor con las palabras hallándose el orgasmo al final de cada frase. Todo lo que escribo me sale de una vez y enlazo una idea con la otra, y ésta con otra y con otra más y ya no puedo parar, no puedo mirar atrás. El estado de flujo fluye dentro de mí y ahora soy feliz. Es la fiebre del escritor, que me domina por completo, apoderándose de mi mente, de mi cuerpo, moviendo mis manos como si fueran las de una marioneta, para que presionen teclas y teclas una y otra vez, una y otra vez, una y otra…

Mis manos. ¡No están, no las tengo! ¿Dónde están mis manos? Y… ¿Dónde estoy yo? ¡He desaparecido, me he volatilizado! No, no es así…

Estoy en la Hoja. O ella soy yo. Oh, pérfida. Pretendía poseerte, y tanto empeño y deseo he puesto en ello, que no me di cuenta de que al final, tu acababas poseyéndome a mí. Está bien, lo acepto, pues así sin duda ha de ser. No sería ésta, la primera vez, que una gran obra consume a su pequeño e insignificante creador. Y qué mejor que esa obra sea ésta misma, la que habla de mí, de una forma tan pura y honesta, que en ella me he metamorfoseado.

¿Pero qué me sucederá ahora? ¿Cuánto estuve escribiendo, cuánto dentro de ti, que es de mí? No sólo perdí la forma carnal en mi estado de flujo, sino también la noción del tiempo. Pero mucho ha debido de ser, pues ha llegado mi casero, barriendo con su bigote cada estancia del piso, en una búsqueda que le será inútil me temo. Entra aquí y no me ve, aunque estoy. Su próximo paso sin duda, conociendo su tacañería, será desconectar la luz, pues al ver este ordenador encendido, en el que ahora yo habito, su cara no se ha mostrado muy complacida.

Me queda poco tiempo entonces. ¿Moriré o sólo dormiré? ¿Despertaré, renaceré? Si alguien me lee, tal vez. Si es usted esa persona, espero que no se haya molestado por mostrarme tal como soy, con lo bueno, con lo malo, ya sabe, con mis mentiras, con mis verdades. Espero, con honrada intención, que nuestro encuentro le sirva para tener en cuenta a partir de ahora y cada vez que lea una obra literaria, que ésta puede decir mucho sobre la vida de su autor, tanto, que ella misma se encuentre llena de vida, aunque sólo le parezca a simple vista, que esté frente a una hoja de papel o electrónica. Así que antes de juzgar, criticar, ignorar o repudiar, piense que además de leer un texto, está también leyendo a una persona.

Oigo como el casero abre el cuadro de luces. Está a punto de desconectar. Me marcho, me despido, y no me queda nada más que decir, ya que supongo que éste es el



FIN
 

viernes, 19 de octubre de 2012

Tatuaje



Una breve delicia erótica... ¡y de terror!


No sé cómo he llegado hasta aquí.
Yo no vengo nunca a sitios como estos. Me lo han impedido fuertes escrúpulos morales que ahora ya no parecen ni tan fuertes ni tan escrupulosos. Y es que cuando el corazón se vuelve frágil, supongo que la moral también se debilita.
La echo tanto de menos.
Creo que fue Teo quien me convenció. No estoy completamente seguro porque todo es muy confuso para mí en este momento. Me imagino que debió contar con la inestimable ayuda de las cervezas que nos tomaríamos al salir de la oficina. Rafa también pondría de su parte. Los veo a los dos charlando ahora con dos japonesitas vestidas de colegialas que se apoyan con descaro sobre sus entrepiernas.
El club es un parque temático de la lujuria asiática, no apto para niños. La música, la decoración e incluso el aroma, te transportan a un universo oriental, lejano y embriagador.
Su mirada también.
Se encuentra en el otro extremo de la barra. Y aunque la sombra de su peinado de cortinilla, al estilo Cleopatra, tapa sus ojos, yo ya sé que ellos me están llamando.
Así que voy.
Lleva un vestido negro, ajustado y con escote, y lo primero en que me fijo al llegar frente a ella es en la serpiente que mora en su hombro izquierdo desnudo. Luego trato de descubrir cómo son sus ojos, sin embargo la cortina que los custodia es demasiado espesa. Le digo algo porque quiero que cuando me conteste me revele con sus palabras cómo es el tono de su voz, pero ella se queda callada. Sólo sonríe de forma sutil, aunque no tan misteriosa como para hacerme creer que carezco de su favor.
Subimos.
Me agarra la mano en las escaleras y me guía, siempre delante de mis ojos, atrayéndome a ella, hipnotizándome con la cadencia de su cuerpo. Es sinuosa como la serpiente que lleva dibujada. Un reptil con alas de ángel que la hacen levitar por encima de los peldaños que llevan hasta su agujero.
O hasta su cielo. Entramos dentro de él.
Ni siquiera me fijo en qué aspecto tiene la habitación porque no soy capaz de apartar mis ojos de ella. Y mucho menos cuando se desnuda. Sus pechos son pequeños y apetecibles. Me los meto en la boca y los saboreo mientras me ayuda a quitarme mis prendas. Sus pezones se levantan y mi sexo lo hace también, al mismo tiempo. Ella se agacha y me pone el condón con la boca, suavemente, artísticamente. Su talento es una bendición en este mundo infernal y apocalíptico en el que nos encontramos inmersos…
La agarro de las axilas y la levanto para evitar agradecérselo tan pronto.
Busco su cuello y lo encuentro con un beso. Rechazo la idea de que mis labios toquen los suyos porque son tan perfectos que temo estropearlos. Acaricio con mi lengua su yugular, lo suficientemente alto como para que la serpiente, en un hipotético ataque de celos, no pueda alcanzarme si lo intentara. Luego la abrazo y trato de fundirme con su frágil cuerpo. Ella es pequeña y yo grande, pero los dos encajamos bien, y me invade un fuerte deseo de convertirme en su nuevo tatuaje. Quiero adherirme a su piel para toda la vida.
Ella me da otra opción: entrar.
Se separa de mí y extiende su delicada silueta sobre la fina seda de la cama, sin apartar de mí su mirada escondida. En un instante abre sus piernas y me ofrece su sexo. Su visión llega a transmitirme pureza y candidez; una mentira que me incita más aún a aceptar su invitación.
Pero antes de pasar, llamo a la puerta. Enjuago mis dedos con mi propia saliva y la estimulo. Su vientre danzante y algún suspiro furtivo me dicen que disfruta con mi juego. Sus ojos no lo sé, porque todavía me evaden. Sin embargo, es mi mano mojada la que me avisa de que ya ha llegado mi turno en la partida, y entonces es cuando la penetro. Y entonces es cuando me doy cuenta…
La serpiente me está mirando. Sus ojos no transmiten placer o complacencia, del mismo modo que la actitud de su dueña tampoco lo hace, pero al contrario que ella, la expresión del bicho inanimado está inflada de furia, y su boca abierta, que muestra una larga lengua viperina, escupe veneno.
Lejos de dejarme intimidar por la imagen, siento una nueva energía fluyendo dentro de mí que me hace embestir a mi diosa oriental con mucha más fuerza. Quiero poseerla, quiero domar a la serpiente, y cada penetración es como un golpe de látigo con el que trato de someterla. Ella no lucha contra mí, no se queja, no grita, pero tampoco gime gozosa, tan sólo deja que yo haga. Y yo hago, Hago, HAGO… Y cuando termino y expulso por fin mi veneno, caigo extasiado sobre  ella y la acaricio con frenesí, y de nuevo me dejo invadir por ese deseo de no querer separarme nunca más de su piel, de su vida, de su alma.
Y pasan unos minutos así, hasta que siento la súbita necesidad de saber si ella ha disfrutado con mis actos o en cambio le he repugnado, si es que me quiere o es que me odia. Saberlo de repente se convierte en una prioridad vital para mí, y sé que sólo sus ojos me lo dirán. Así que acerco mi mano a su rostro, con mucho cuidado de no tocarlo, de no tocar y manchar ese rostro inmaculado de muñeca de cera, y entonces aparto suavemente su flequillo y una escalofriante sorpresa me oprime de repente el corazón.
Allí donde debieran estar sus ojos, ¡sólo hay oscuridad! Y justo después de descubrirlo, observo a la serpiente emancipándose de su piel, y su gigantesca boca mortífera me ataca y acaba devorándome.
No sé cómo he llegado hasta aquí.
El despertar del sueño me lo revela. Parcialmente incorporado sobre mis brazos, respiro intensamente y noto mi frente calurosa y húmeda, aunque no menos que mi entrepierna. Me rindo un instante después al sosiego y me dejo caer sobre la cama, recostándome a un lado. La luz de la luna que entra por mi ventana me muestra aún leves trazos de su silueta que han quedado grabados sobre el colchón. Es su tatuaje. Duele cuando te lo haces y ya no te abandona nunca.
La echo tanto de menos.    

jueves, 20 de octubre de 2011

II Colección de Microrrelatos.

72 HORAS

Y dada la fuerte presión social que los ciudadanos han ejercido sobre sus gobernantes a través de la bajada del paro, el incremento de la economía familiar, el repentino auge de la creación de empresas y la sensación de bienestar general, los políticos han decidido poner fin a la huelga iniciada hace tres días, renunciando a todas sus peticiones y volviendo raudos y veloces a sus puestos de trabajo.


EL CAPITAL


Empezó desde abajo, vendiendo calcetines en un rastrillo. Y lo que le pagaban era tan poco que guardaba sus monedas en un calcetín sin pareja que había encontrado porque ni le alcanzaba para comprarse una cartera. ¡Y mírele hoy usted, caballero! Todo un gran magnate de la industria textil con un capital millonario que no conoce fronteras. Y no se lo creerán, oigan ustedes, pero pese a encontrase ahora en la cima no olvida sus inicios y lo que aprendió de ellos. Por eso en su empresa el pobre trabajador que pierde un calcetín y deja a otro sin su par siempre es fulminantemente despedido.



EL INVENTO


El hombre exclamó con entusiasmo desmedido:



- ¡Lo he logrado Margaret, por fin lo he hecho! ¡He concebido una máquina que produce alimentos de la nada! ¡Es asombroso, Margaret! ¿Sabes lo que supone esta creación, todo lo que puede cambiar? ¡Rápido, quítate ese pijama mujer, vístete deprisa y acompáñame, hemos de patentar el aparato! Ya habrá tiempo más tarde de pensar en la forma de vendérselo a los gobiernos de los países ricos. ¡Ni te imaginas lo que va a transformar esto nuestras vidas, oh, Margaret!

 
EL RELOJ


Cuando volvió a mirar de nuevo la hora su tiempo ya había pasado.


LA MUERTE DEL VIEJO


Ante el inminente fin del patriarca los hombres sabios de la familia se reunieron y decidieron que aquel era sin duda el momento propicio para hacer fortuna y crear y consolidar una casta propia que perdurase a lo largo de los años venideros. La excusa con la que engañarían a los otros sería la libertad.


CONSUMISMO


- Este es un móvil de última generación. Su diseño es totalmente exclusivo y sus herramientas y funciones responden a los últimos avances en tecnología del mercado. Tiene: cámara de fotos digital, mp4, interfaz de computador, gps, sensor de movimiento, blueray, hd, memoria de 5.000 gigas, conexión a internet de 200 megahercios, tostador incorporado a puerto usb, pistola de rayos lasers acoplada a la parte inferior de la carcasa y que se activa de forma automática en caso de robo.



- Muy completo, pero… ¿No podrían añadirle un poco de cariño?



- Lo siento señor, aquí no tenemos de eso. Sólo ofrecemos a nuestros clientes cosas que valen dinero.




EN EL BARRIO


El coche pasó desfilando por la carretera con la parsimonia de una carroza de carnaval. El inspector observó con fría calma desde la postiza seguridad del interior del vehículo el conjunto de máscaras grises y demonios burlones que le daban la bienvenida, a través de sus risas hostiles y sus vigilantes miradas disfrazadas de encuentro fortuito. Gobernaban las aceras de las calles que le habían visto crecer. Eran rostros nuevos y sin embargo reconocibles en su memoria. La prostituta adolescente enferma de sida y que lo hacía sin condón, el chulo pedófilo que abusaba de la crías de las putas a las que explotaba, el camello de cuerpo tatuado y pistola oculta entre sus partes que vendía droga a los hijos de sus vecinos, el yonqui tembloroso y llorón que pegaba a su madre y le robaba para poder meterse un pico, el grupo de skiheads que asesinaban a inmigrantes y se gastaban una fortuna en irse a los polígonos para follar con fulanas de África y Europa del Este, los clanes de gitanos que traficaban con todo lo traficable… La gran familia recibía al hijo pródigo con sus mejores galas. Esas gentes le habían forjado un alma, la historia de sus edificios y locales formaban parte de su propia historia. De su niñez, de su juventud. Luego decidió hacerse policía y para ascender en el cuerpo tuvo que aprender a tratar con maleantes de otra especie: banqueros, hombres de negocios, políticos corruptos, magnates del bien y del mal. Eran sin duda, su especie no favorita. Pero no le quedó más remedio que hacerse como ellos para entrar en su juego. Por eso, ahora que volvía a casa, ni el mal olor ni el ruido ni la suciedad podían impedir que un halo de nostalgia invadiera su yo, enjuagando sutilmente su mirada.



La gran familia recibía al hijo pródigo. Debían tener cuidado con él. Porque ahora era el peor de todos.

El pueblo.

Era ésta la historia de un pequeño pueblo enclavado en medio de grandes montañas y verdes pastos, junto a un río de agua clara y donde el aire se respira limpio y fresco.

Los habitantes de este pueblo vivían bajo el mandato de un gobernador que dirigía la política del lugar con mano firme. Era un hombre que trataba de ser justo, pero que traicionaba ese valor atesorando con recelo todo el poder para él mismo. Nadie se atrevía a contradecirle y mucho menos a levantarle la voz, pues tenía a la guardia de su lado para garantizar el cumplimiento de sus leyes. Y aunque los niños jugasen a la pelota en la plaza mayor del pueblo, ignorantes de las desdichas de la comunidad, eran los únicos en aquel sitio, que por su temprana edad e inocencia, podían sentirse libres.

Sin embargo, con el tiempo, el gobernador fue haciéndose un hombre viejo, y ante su inminente muerte, los hombres más sabios del lugar, aquellos que pertenecían a las familias mejor posicionadas y que habían podido estudiar fuera del pueblo, ilustrando así sus mentes con nuevos aires venidos de otras tierras, fueron en secreto preparando el terreno para que cuando el gobernador exhalara su último suspiro, ellos pudieran instaurar un orden político más progresista y acorde a los modernos tiempos. Y así sucedió, justo después del funeral con honores del gobernador, estos ejemplares ciudadanos unieron sus privilegiadas mentes para entre todos poner los cimientos de una nueva forma de organización, a través de la cual los hombres y mujeres del pueblo pudieran desarrollar una vida más justa, igualitaria y libre.

No sé si les suenan estos principios…

En fin, así vivieron bajo este nuevo sol, a partir de entonces, los ciudadanos de la comunidad. Durante un tiempo. Hasta que un día, llegó al pueblo, un mercader. Era un hombre de edad avanzada, aunque muy sano aún, delgado, de cara aguileña y ojos pequeños pero a los que no se les escapaba nada. Su habilidad en los negocios y su astucia sólo podían compararse con su codicia. Muy pronto, el mercader, se hizo un hueco importante en el pueblo, y progresó con buena fortuna en sus empresas, gracias, en gran parte, a sus acercamientos a los hombres que se encargaban de la organización y administración política del lugar, que, casualmente, no eran otros que aquellas mentes nobles que habían operado la mudanza del dominante gobierno anterior al presente equilibrio que existía ahora.

- Los libros del colegio son viejos y desactualizados -decía el mercader-; yo podría traer libros nuevos y más atractivos, capaces de encender el intelecto más pobre y menos ágil.

- Pero habría que pagarlos y no sé… -le contestaban en un principio.

- Oooh, sólo por un módico precio -respondía él- ¿Y qué significan unas monedas, que apenas ocupan su lugar en el bolsillo de un hombre, comparadas con el futuro de un niño que crecerá como una persona sabia y provechosa para la comunidad?

Sus argumentos eran seductores… Aún más cuando los acompañaba de ciertos favores económicos a aquellos ante los que exponía su oferta.

De este modo, el mercader, casi sin que los habitantes del pueblo se dieran cuenta, se fue apoderando de la escuela, del hospital, de los comercios, de las tierras de cultivo y arado, de los animales… Todo aquel que quisiera educar a sus hijos o curar sus enfermedades, o comer o vestirse, tenía que rendir ahora siempre cuentas antes con el mercader, que además, aprovechándose de su época de bonanza, subía los precios de sus productos o servicios con el afán de aumentar con cada nuevo alba sus ya de por sí abundantes riquezas.
Hasta que un alba, alguien, un ciudadano asentado en la política del lugar, le llamó tímidamente la atención:

- Mercader, los hombres y mujeres del pueblo se están arruinando, no pueden pagar tus servicios, y la ingrata dama pobreza está ya llamando con insistencia a las puertas de muchos hogares. ¿No podrías hacer un esfuerzo, para tus conciudadanos, y bajar los precios?

- Oh, cómo se nota, querido amigo -dijo el mercader-, que la economía no es disciplina que sea tu fuerte, ni mucho menos. Si bajo los precios, con lo que me cuesta a mí proporcionaros los productos de los que podéis disfrutar gracias a mi sacrificado esfuerzo, sería yo el que finalmente acabaría convirtiéndome en anfitrión de esa dama de la que has hablado. No obstante, creo haber hallado una solución para vuestros problemas y que a la postre será mucho más satisfactoria para todos. Conozco a una persona, es un buen amigo de toda la vida, y aunque no es de sangre, lo estimo como a un primo. Él se dedica, casi desinteresadamente, así de grande es su corazón, a sacar del apuro a sus semejantes en horas más bajas.

- ¡Vaya! -dijo impresionado el otro hombre- ¡Sería fabuloso contar en el pueblo con un hombre así! ¿Y a qué se dedica ese gran amigo tuyo, mercader?

- Es un usurero.

- ¿Un usurero? ¿Y puedo preguntarte en qué consiste ese oficio? -preguntó el hombre, que nunca antes había escuchado ese término.

- Oh, simplemente -respondió el mercader-, es un hombre que presta dinero a cambio de que se lo devuelvan en un plazo lógico y añadiendo a ello un interés insignificante, baladí.
Pronto, el usurero se asentaría en la comunidad, gracias a los comentarios de patrocinio de su amigo el mercader. Y con él llegaría acompañándole la desgracia. No pasó demasiado tiempo para que la gran mayoría de los habitantes del pueblo se vieran endeudados por los préstamos del usurero, cuando no arruinados, y muchos de ellos perdieron sus casas, todas sus pertenencias, e incluso se vieron obligados a partir a otros lares, dejando a familia y amigos atrás. Los que quedaron, nunca se habían visto en una situación tan pésima, y si antes no podían alzar la voz durante el mandato del gobernador, ahora, asfixiados por las deudas, ni siquiera podían respirar.

Un día, aquellos mismos que de niños jugaban en las calles, volvieron a ocupar la plaza del pueblo, pero esta vez, para hablar.

- ¡No podemos seguir así, esto no es vida!

- ¡El mercader, el usurero, e incluso los hombres de la política, se enriquecen mientras en mi casa mis hijos pasan hambre!

- ¡Es verdad, estábamos mejor con el gobernador!

- ¡No diga usted eso, oiga, con aquel miserable no podía andar uno ni tranquilo por las calles por miedo a que lo apresara la guardia!

- ¡No discutan ustedes, hagan el favor! No es cuestión de si antes estábamos mejor o ahora peor o viceversa… Nuestros problemas son actuales y son muy graves, ¡y tenemos que hacer algo para solucionarlos!

- ¡Vamos hombre! ¿Y el qué, qué vamos a hacer nosotros, qué podemos hacer unos ciudadanos comunes como nosotros?

- Pues no lo sé… Pero algo habrá que hacer, algo habrá que hacer.

Y siguieron hablando. Y hablaron tanto que hasta se les hizo de noche. Y al día siguiente volvieron a reunirse, y al otro, y al otro… Y pasarían muchos más días, muchísimos más, hasta que pudieran solucionar sus males y cambiar las cosas. Pero ese mismo día en el que volvieron a la plaza, ese día, aunque ellos todavía no se habían dado cuenta de ello, el cambio más grande de todos, ya se había producido.

lunes, 15 de febrero de 2010

Colección de Microrrelatos.

Viajes en el tiempo

Un científico inventó una máquina del tiempo. Viajó con ella al futuro y comprobó desalentado que aquellos a los que no habían matado las guerras, los habían destruido los efectos del cambio climático, y los pocos supervivientes que quedaban sobre la faz de la tierra, vivían sumidos en la miseria y la pobreza debido a la escasez de recursos y alimentos.

Pero el científico decidió arreglar aquella situación y viajó al pasado. Allí se encontró con su joven padre y logró convencerle para que obligara a su hijo a estudiar letras en lugar de ciencias.



Los mundos de Guido

Guido se hizo escritor porque no le gustaba el mundo en el que vivía, y a través de la creación literaria, conseguía evadirse de él.

Pero un día Guido conoció a una mujer de la que se enamoró, y el mundo en el que vivía empezó a gustarle tanto que dejó de escribir, ya que quería aprovechar cada momento de su vida junto a su amor.

Sin embargo, un tiempo más adelante, el amor de Guido se hartó de él y le dejó. Guido se sintió muy triste y con ganas de quitarse la vida. Pero en lugar de eso volvió a escribir, creó un personaje idéntico a su enamorada, y la mató.




Juan e Inés

Estaba ante la mujer más bella del Universo.

Se desnudez femenina le mostraba todo aquello que siempre había deseado. Sus pechos firmes y redondos. Su piel suave y tersa. Y su vagina, símbolo perfecto de sexualidad, de libertad.

Ni siquiera la cicatrices, vivas aún, podían estropear aquella insólita imagen en el espejo.

Y fue justo en ese momento cuando Juan decidió que a partir de ahora se llamaría Inés.




El suicida inconformista

Me he intentado suicidar de mil maneras posibles: tirándome de un octavo piso, con una sobredosis de barbitúricos, dejando abierta la llave del gas, pegándome un tiro, quemándome a lo bonzo, ahorcándome de las ramas de un madroño, echándome aceite hirviendo a la cara… Así hasta mil y no hay forma, sano como un roble que estoy. Por ello hoy comienzo a visitar a un psicólogo que me trate para devolverme las ganas de vivir. No pienso pagarle ni una sola sesión y cuando me pida el dinero le diré que no lo tengo. Ésta seguro que funciona.




Reglas del amor

El maestro le enseñaba a su pupilo sobre las reglas del amor:

Si quieres que una mujer te de su corazón, dale tú el tuyo primero. Pero eso sí, no olvides envolverlo antes en un bonito papel de regalo o no te hará ni caso.




Inclasificables

- Eres egoísta, cínico, vanidoso.

- Tú irascible, materialista, quisquillosa.

- Haces trampas en el reparto de tareas domésticas.

- Nunca te pegué.

- Ni se te ocurra hacerlo porque te doy una paliza.

- Siempre te he amado.

- Ese es sin duda tu peor defecto.

- Por fortuna, también es el tuyo.




Julia y su solución contra el frío

Julia vivía sola porque le gustaba ser independiente; no creía necesitar a ningún hombre en su vida. Sus amigas la admiraban por su autodeterminación y valentía y eso alimentaba su orgullo.

Sin embargo, los inviernos lo pasaba mal por las noches, ya que no podía permitirse calefacción y el frío en su cama se hacía insoportable, y por mucho que se abrigara, al estar vacía la otra mitad de la cama, siempre quedaba hueco que ser ocupado por las corrientes gélidas de su dormitorio.

Entonces Julia tuvo una idea: se echaría un novio distinto cada invierno para calentar su cama y rompería con él cada primavera. Cuando se lo contó a sus amigas, ellas... Ellas no la entendieron.




Sueños con banda sonora

Samantha no me creyó cuando le conté que mis sueños tenían banda sonora, como las películas. Pensó que me burlaba de ella y se rió de mí. Fue justamente su sonrisa aquella noche, la que me enamoró.

Mientras estuvimos juntos, yo pensaba que todo iba bien, que éramos felices, la pareja perfecta, dos enamorados de ensueño. Sin embargo, para mi sorpresa, ella un día decidió dejarme. Le pregunté por qué, cómo era posible, si yo la quería, la amaba, y siempre me esforcé por hacerla sentir especial y nunca recibí una queja de su parte. Me contestó que por las noches tatareaba demasiado fuerte y le era imposible dormir.

Cómo podría haberlo yo sospechado.




Tras el huracán

La niña corría desnuda tras el huracán. El soldado no hizo nada por socorrerla. Una lágrima resbaló por su mejilla. No era por la niña, ni por los edificios derrumbados, ni por los centenares de muertos en las calles. Era por él mismo.

El soldado tiró el fusil y comenzó a quitar piedras de los escombros.




Tres deseos

- Si me encontrara una lámpara con un genio dentro que me concediera tres deseos, le pediría una mansión, un Mercedes, y por último, que te enamoraras de mí.

- Claro, pero primero la mansión y el Mercedes, ¿verdad?

- Para asegurarme. ¿Cómo no vas a enamorarte de un hombre con una mansión y un Mercedes?

- ¿Esa visión materialista tienes de mí?

- Si no es verdad, enamórate de mí. No tengo una mansión, ni un Mercedes, y soy bastante pobre.

- Mmm… Depende.

- ¿De qué?

- De cuanto tardes en encontrar al genio.




Un dolor de cabeza un tanto impetuoso

Me dolía tanto la cabeza que me enfurecí, agarré unas tijeras de podar y me la corté, y no contento aún, la pateé todavía rabioso, como si fuera un balón de fútbol, con tan mala suerte que le rompí una ventana al vecino de enfrente, quien me echó una reprimenda y además, no quiso devolverme la cabeza. Pero por lo menos para ese entonces, la jaqueca ya se me había pasado.




El día más triste de la historia de los “dibus”

Sin lugar a dudas, la moda que está haciendo furor en el siglo XXI es el animanismo, tendencia que consiste en pintarse todo el cuerpo de forma permanente para adquirir la apariencia de un dibujo animado. Así, son ya millones de personas en el mundo los que hoy por hoy han conseguido imitar a sus personajes de dibujos animados favoritos. Los más solicitados son Homer Simpson, Son Goku, y el Genio de Aladín, entre los hombres, y para ellas, Jessica Rabitt, Lara Croft y la pequeña Lulú.

En otro orden de cosas, una sucursal del banco Santander ha sido atracada esta mañana en Fuencarral. La policía busca a un Peter Pan como posible autor del robo.




Política

Un político es un hombre que se levanta cada mañana temprano como todo buen trabajador. Hace sus necesidades, se asea, se viste… Y a la hora de elegir el color de la corbata, consulta a un empresario.